Siempre

     Arrodillado frente al sepulcro, el joven sostenía un manojo de hierbajos que había arrancado de los arreglos florales que acababa de retirar. A ella no le gustaban las flores y el que su madre, amigos y familiares “dolidos” le llenaran la tumba de ellas, se le antojaba el peor de los insultos.

     Pero todo estaba bien. Él había alejado las repulsivas plantas de la lápida y ella le estaría sonriendo desde debajo, agradecida de lo considerado que había sido.

     —Hola, dulzura. Tenía ganas de verte. ¿Te enteras de lo grosera que ha sido tu madre al no dejar que me acercara a la hora del entierro? Ya da igual.
     »Es mejor así. Tú y yo solos. No te imaginas las ganas que tenía de ver cómo tiraban la tierra sobre ti y quizá de tener la oportunidad de tirar algo yo también, pero no me dejaron.
     »Ahora no imaginas el sentimiento que me inunda. ¿Y cómo ibas a imaginarlo? Si no estás aquí en mi lugar, observando el manto de tierra y cemento inamovible que ahora te protege y que me aleja de ti.
    »¡Pero dime algo! No te quedes callada como el cadáver que ahora eres. ¿Es que no me escuchas? ¿No tienes compasión de mi alma herida? ¡Llévame contigo! ¡Quiero largarme ahora a tu lado! Sé que aún estás aquí cerca, puedo sentirte en mi corazón agobiado y acelerado. Sé que pretendes torturarme hasta mi día final, pero ten piedad. Al menos un poco de piedad, pues tú mejor que nadie, sabes que te amaba… que te amo. Sabes que si pasó fue por tu bien, porque si no lo hacía ibas a sufrir. ¡Y ahora así me pagas!
     »Pero no te creas que alguien va a descubrirlo. Antes enloquezco, y antes de enloquecer, te alcanzo en dónde quiera que estés para al fin estar juntos, mi vida, para al fin vivir nuestro amor sin impedimentos… por siempre… 
     »Te amo…

     Mientras pronunciaba su discurso, notó cómo su cara se convertía en un inigualable repertorio de emociones y sus mejillas rápidamente se empapaban tanto de coraje como de tristeza y miedo, pero de lo que no se percató en ningún momento, fue de la sombra oscura y rencorosa que se posó en su hombro, dispuesta a hacer que siempre fuera una tortura para él cómo lo fue el último respiro para ella…

Imagen destacada de — Marco Vinicio

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